EDUCACIÓN, LA CANGURO DE LA ECONOMÍA

EDUCACIÓN, LA CANGURO DE LA ECONOMÍA

“Persona, generalmente joven, que se encarga de atender a niños pequeños en ausencia corta de los padres”. Ésta es la última de las acepciones que recoge la RAE para la palabra canguro, digna de ser ampliada, ya que a eso de “generalmente joven” debieran haberle sumado “y mujer”. Y esto es así no sólo por la feminización de este trabajo comúnmente mal remunerado y peor reconocido, sino por la propia elección social del animal, cuyas hembras son las que portan en su bolsa marsupial a los bebés, como símbolo del cuidado infantil.

La Revolución Industrial trajo consigo la necesidad de escolarización generalizada de la población por dos razones fundamentales: 1) La necesidad de crear escuelas como motores económicos para abastecer de profesionales a una sociedad basada en la producción y consumo. 2) La necesidad de crear espacios para el cuidado de niños y niñas cuyas madres se incorporaban de forma masiva al mundo laboral en las fábricas.

Tras doscientos años, el acceso a la educación es ya reconocido como un derecho universal, con, supuestamente, objetivos más elevados. El artículo 26, en su punto 2, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así lo especifica: “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos, y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.” Precioso, pero, ¿qué persiste en nuestro sistema educativo de aquellas otras necesidades arriba mencionadas?

Como ya expresé en otros artículos*, me temo que también en este aspecto se le ven las vergüenzas al emperador; todas las actividades sociales (incluyendo las laborales) se ven sometidas a medidas de prevención de la propagación de la pandemia; reestructuración de espacios, medidas de higiene, de conducta, de distancia física, etc. Todas, salvo la educación, que retomará el próximo mes su actividad con absoluta normalidad, pese a que fueron las escuelas las que cerraron sus puertas en primer lugar al conocerse el alcance del virus.

La Junta de Andalucía, recientemente, ha prohibido la reunión de más de 10 personas en una terraza. ¡No más de 10! Sin embargo, un aula media de Educación Primaria albergará a 26 personas en un espacio cerrado y mal acondicionado, eso sí, con mascarilla desde los 6 años.

No voy a detenerme en el histórico de medidas, contramedidas, instrucciones, ausencias o desinformaciones a las que las diferentes administraciones nos han sometido desde el mes de marzo. Tampoco recordaré con detalle que son muchas las voces que, desde aquella fecha, hemos aportado diferentes soluciones y propuestas para la vuelta a los colegios de forma segura. Toda la comunidad educativa, destacando el papel activo de las familias, se encuentra en estado de shock tras conocer la ya connivencia de las comunidades autónomas y el gobierno central para que, hasta los 14 años (curiosamente la edad en que niños y niñas pudieran quedarse solos en casa, sin canguro), el alumnado vuelva al cole sin distancia social, ya que únicamente podría afrontarse con una considerable bajada de ratio.

Al absoluto desconocimiento sobre cómo son y funcionan las escuelas se suma la continuista percepción de las mismas, social y políticamente, como enormes bolsas marsupiales donde depositar a nuestros hijos e hijas mientras “esta economía sigue adelante” (y digo “esta economía”, porque hay otros modelos posibles, más justos y cooperativos).

No, bajar la ratio supone invertir en más profesorado y en el acondicionamiento de nuestros deficitarios centros educativos, aunque esta realidad no ha sido verbalizada por ninguno de nuestros representantes políticos. Por el contrario, se apela a la necesidad de socialización del alumnado, al riesgo de una posible acentuación de la brecha educativa, y a otras cuestiones que, si bien son ciertas, esconden la verdadera razón por la que niños y niñas no serán protegidos de la misma manera que otros grupos sociales. ¿La distancia social dejará de tener validez como medida preventiva a partir del 10 de septiembre? ¿o será así sólo en las escuelas? ¡Zas, fuera ropaje!

Se me ocurren otras instituciones con objetivos similares, las residencias de mayores y de personas con diversidad funcional, ahora más vigiladas pero igualmente creadas y percibidas como espacios para la mal llamada conciliación laboral y familiar (digo “mal llamada”, porque no es conciliación; es subordinación de los cuidados al capital).

La ensoñación que muchas vivimos hace meses, cuando pensábamos que esta situación lo cambiaría todo, ha despertado nuevamente con el bofetón implacable de la sociedad de consumo, pero insisto una vez más; muchas seguiremos en este “duerme-vela” para evolucionar hacia un modelo social que se haga corresponsable de los cuidados y ponga en valor a la educación como el verdadero motor de transformación, el que nos enseñe todo lo que, parece ser, no hemos aprendido.

Mientras tanto, como maestra, y en mi pequeño e inseguro espacio laboral, acomodaré del mejor modo posible mi cada vez más dilatada bolsa marsupial para que esta generación infantil sea capaz de rebelarse, por fin, ante la enconada y amplificada estupidez adulta.

 

* https://maroliverblog.wordpress.com/2020/03/21/covid-19-el-sistema-al-desnudo/

https://andaluciainformacion.es/cordoba/896197/educacion-vs-conciliacion-y-ahora-que-hacemos-con-los-ninos-y-ninas/

 

Mar Oliver

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